deSIdentiDAdo

Es curioso como a veces nos olvidamos que vivimos con otros, que no estamos solos. Y más curioso es cuando aún estando rodeados sentimos esa soledad. Hace una semana aproximadamente tuve una experiencia de las dos cosas. Llevaba todo el día con molestias en el estómago así que decidí ir al médico. Realmente más que molestias era casi un cólico y el médico rápidamente me envió a urgencias al Hospital Insular, pensando que podía ser una apendicitis. Era martes, 28 de septiembre de 2004, para ser más exactos, y entré en urgencias sobre las 9 de la noche. 

Tras esperar un poco me atendió una doctora joven que comenzó a hacerme las preguntas de rigor. Y entonces llegó a la pregunta de “¿Alguna enfermedad importante?” Yo le contesté “Soy seropositivo”. Entonces su bolígrafo se detuvo, ella me miró y yo comprendí que había dejado de verme.
La consulta siguió avanzando y a mi se me ocurrió comentarle que no creía que fuera apendicitis porque no tenía fiebre. Y la doctora, con toda su sapiencia y don de clarividencia, dijo “¡Claro, con las defensas tan bajas...!”. Con gran sorpresa le dije que mis defensas estaban estupendamente tal y como indicaban mis últimos análisis. No sé si me oyó, lo que si fue evidente es que no me escuchaba.

Luego me pasaron a sacarme sangre para una analítica. En cuanto entró el ATS me di cuenta, por su nerviosismo, que tampoco me veía. Pero además tampoco me sentía, de ahí que le costara tanto sacarme una vena; hasta el punto de tener que decirle que me estaba haciendo daño. Al final consiguió sacar el rojo elemento y entonces entró una enfermera que, con gran sorpresa por mi parte, iba a coger la jeringuilla con la mano sin guantes. Su compañero, sin mediar palabra, le dio una violenta torta en la mano...que yo casi sentí en mi cara. 

Aunque llego a entender el acto de protección de un compañero hacia otro no entiendo la falta de profesionalidad al trabajar sin guantes. Comprendo el gesto, pero parece que nadie en esa habitación entendió que la bofetada me dolió a mi también. A veces los profesionales de la sanidad olvidan algo básico. Ellos no trabajan con enfermedades, trabajan con personas que están enfermas o tienen algún tipo de problema físico. Esta distinción no es solo un juego del lenguaje porque cuando se deja de ver a la persona y solo se ve a la enfermedad ocurren cosas como la que estoy describiendo.
Al salir mis acompañantes intentaron quitarle hierro al asunto, pero ellos no habían pasado por un proceso de desidentificación como el que había pasado yo: sin ser visto, sin ser oído, sin ser sentido. Era menos que nadie, era nada.

Y además tuve que sufrir la escena definitiva de un golpe que encerraba toda la ignorancia y el desprecio y la incompetencia contenida en las últimas horas. 

Imagino, y espero, que la enfermera haya aprendido algo. Lo que dudo es que el otro enfermero y la doctora se hayan dado cuenta de lo que ocurrió allí. Por eso escribo, tal vez lean esto, recapaciten y se den cuenta de que sí soy alguien, todos los somos.